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Posted by on may 19, 2015 in La fiera de mi Gila | 0 comments

Cueva valiente: La roja insignia del valor

Cueva valiente: La roja insignia del valor

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi, de pequeño, La roja insignia del valor. Me impresionó muchísimo. Ambientada en la guerra de la secesión, contaba la historia de un joven recluta que descubría lo que supone “ir a la guerra”. No era un retrato edulcorado ni épico de la vida del soldado. Contaba una verdad de la que el cine ha hablado muy pocas veces: en la guerra se pasa mucho miedo.

Y aunque al final el protagonista supera ese miedo y lo convierte en temeridad y heroísmo, recuerdo perfectamente lo mucho que me impactó descubrir algo que nunca había pensado antes: para ser valiente hay que pasar mucho miedo antes.

Convivir con Gila me recuerda La roja insignia del valor a cada rato. Porque ahora que Gila tiene cada vez menos miedo y, en ocasiones, nos sorprende con comportamientos extraordinarios, es especialmente impactante recordar sus miedos de los primeros días y semanas.

11150877_10206244667933611_1898354269525476150_nGila y yo llevamos un par de meses disfrutando del senderismo entre semana para permitir que vengan a limpiar a casa y el otro día decidimos subir a Cueva Valiente. Cueva valiente es una cumbre no muy alta (1910 metros) de la Comunidad de Madrid que da a las vertienes segoviana y Madrileña de la Sierra de Guadarrama. Prácticamente sobre la vertical del Alto de los Leones, ofrece unas vistas estupendas de la zona donde yo solía veranear con mis abuelos (San Rafael, El Espinar, Los Angeles de San Rafael) y quizás por eso le tengo un cariño especial. Son entre 4 y 5 horas de recorrido y, como hay varios senderos para llegar hasta ella, permite hacer el recorrido circular lo que siempre es más entretenido.

Además, un miércoles por la mañana lo normal es que esté muy poco transitado (y más con los negros nubarrones que nos acompañaron durante casi todo el día) así que debía ser un paseo tranquilo.

Y fue un paseo prácticamente tranquilo hasta que, cuando rondábamos los 1870 metros de altitud, nos encontramos con más de doscientos soldados a la carrera por un sendero de cabras. Sí, señor, a esto le llamo yo enfrentar tus miedos a lo grande.

No sé qué pensó Gila cuando, después de dos horas caminando a solas conmigo por un pinar bastante tupido, escuchó trotes, gritos, carreras y le aparecieron los doscientos bigardos (y bigardas que nuestro ejército es una institución afortunadamente muy moderna) de frente y entonando canciones, chistes y alegres comentarios.

Afortunadamente, yo los había oído venir antes y, habiendo visto sus vehículos en la carretera que une el Alto2015-01-10 12.07.54 del León con Peguerinos, al escuchar los primeros ruidos, opté por pedirle a Gila que se saliese a unos metros del camino y esperase a mi lado mientras le ponía un juego de olfato (un ejercicio para que se “tranquilice” cuando algo le da miedo) y me preguntaba cómo iba a reaccionar.

Pues bien: Gila aguantó como una campeona. En un primer momento, tuvo miedo y quiso huir -creo que yo también, la verdad- pero, en cuanto le pedí que permaneciese a mi lado y le pedí el “busca” preceptivo, hizo todo lo que estuvo en su mano para buscar y superar su terror inicial.

No ladró, no huyó, no se quejó. Sólo le costaba un poco más buscar cuando pasaba algún grupo más rápido, más numeroso o que gritaba más alto.

Y es que esta perra es una crack.

Para entenderlo pensad en lo que le supone subirse a un avión a alguien con miedo a volar y lo que, por el contrario, me supone a mi –aerotrastornado confeso, amante de los aviones y la ingeniería y aficionado a las turbulencias y los vuelos “agitadillos”. Que yo me suba a un avión con una sonrisa, no tiene ningún mérito. El mérito lo tiene toda esa gente que,teniendo miedo a volar, se suben a esos supositorios con alas dudando si llegarán a su destino y enfrentan turbulencias, retrasos, aterrizajes fallidos…

De la misma manera, cuando ves a Gila enfrentarse a doscientos corredores uniformados, es inevitable pensar en la cantidad de perros para los que eso no supone un problema. Gea, Narú, Xena… para cientos de perros ese encuentro no habría sido más que “una sorpresa”. Para Gila fue un susto pero, como el susto no tuvo consecuencias negativas, la próxima vez que suceda, lo gestionará mejor aún.

Porque Gila ha tenido mucho miedo a los humanos: ha tenido miedo a humanos que se movían despacio, no directamente hacia ella, que hablaban bajito.. Y estos doscientos humanos avanzaban hacia ella, gritaban, cantaban y, sobre todo, eran muchísimos.

Y Gila aguantó. Y en un sitio tan apropiado como Cueva Valiente , durante esos diez minutos largos que estuvimos viendo pasar gente, se ganó su roja insignia del valor (afortunadamente sin necesidad de sufrir ninguna herida de ningún tipo) y, desde luego, a mi me impresionó muchísimo verla capaz de gestionar algo así.

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Qué suerte tenemos: nuestra perra es una valiente.

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